"Chiqui, un día tienes que dejar de ser Tim Burton,
es decir, tienes que dejar de ser una eterna adolescente."
(Mi hermano Lolo a mí)
Llegó cuando no le esperaba. Los demás, sí. Por lo visto yo pensé que el hecho de que mi madre engordará veinte kilos se debía a los potajes y las "pringás". En mi favor debo decir que soy tres años y nueve meses mayor que él, así que tampoco estaba yo para darme cuenta de nada. Llegó para quedarse y es lo mejor que me ha pasado en la vida.
Recuerdo que cuando conocí a mi hermano yo estaba en casa de mi abuela. Jugaba, supongo; preguntaba dónde estaba mi madre (eso seguro porque siempre he sido muy madrera), cuando la voz de ella me llegó desde la puerta eternamente abierta de la casa de San Severiano. Vi a aquella mujer que durante casi cuatro años había sido exclusivamente mía (tengo un hermano mayor, pero hacia arriba nunca sse cuentan los miedos) cargando con un bebé en los brazos y salí corriendo a esconderme entre la mecedora y la cama de la abuela que me enseñó literatura.
Mi madre se acercó despacito hasta mí, me tendió la mano, me acercó al bebé y me dijo: "Mira, es tu hermanito". Alargué mi dedo hasta su moflete orondo, dije tímidamente "no", y salí corriendo de nuevo, pero esta vez hacia la azotea en la que tantas tardes jugaba a imaginar que era un gigante y andaba Cádiz por sus tejados.
No volvieron a intentar convencerme de que aquel ser rosado que sólo dormía y sonreía era mi hermano pequeño.
Debo reconocer que creí no quererlo durante algunos años. Es más, los primeros años de mi vida supe que mi único motivo para existir era hacerle la vida más dura a aquel niño adorable al que todos querían morder (como si aquello no fuera ya lo suficientemente duro). Le cantaba letras que no sé dónde aprendí, pero que provocaban en él, un niño por aquel entonces de apenas un año, que acabara mordiéndome con sus pequeños dientecitos afilados y haciéndome sangre donde le cogiese más cerca. Lo que no toleraba es que nadie le menospreciara, o le riñera, o se metiera con él. Mi hermano no sabe que en el colegio, alguno se llevó más de un puñetazo en la barriga cuando me enteraba que le habían dicho algo. Y es que él siempre ha sido, como decía Machado, en el buen sentido de la palabra BUENO.
Supe que quería a mi hermano como a nadie, el día que soñé que lo mataban. Sí, estábamos en una nave espacial y volábamos con nuestros poderes antigravitatorios hacia la cocina para coger nuestro bocadillo de la tarde, cuando un comando de las fuerzas oscuras nos asaltaron y lo mataron con unos fusiles de neutrones. Yo debía tener cinco años, él tres años y nueve meses menos. Me levanté llorando aquella mañana y fui directamente a su cama, le abracé, le asusté por qué no decirlo (hay que imaginar la escena de que tu hermana mayor te despierte llorando con el corazón encogido) y le dije a mi madre que, realmente, yo quería a aquel niño que me había hecho ser mayor y que debía cuidarle.
Después... Bueno, no he sido un modelo a seguir y si lo he sido en algo es para que tenga claro lo que no hay que hacer.
De mi hermano me quedo con el Mundial del 86 que los dos vimos en la calle, jugando al balón con su amigo Rubén, mientras trepábamos a las ventanas de los vecinos cuando oíamos gritar un gol. Me quedo con el camino al instituto muchas mañanas de invierno. Me quedo con los trayectos en coche al trabajo escuchando su música, o la mía (chiqui, por dios, ¿otra vez un tristeautor de esos? Lo que me extraña es que no acabes cortándote las venas...). Me quedo con los gestos que tiene, que siempre ha tenido. Me quedo con él.
Mi hermano, es de esas pocas personas que llegan a tu vida para quedarse incondicionalmente.
Lo que viene siendo no un hermano pequeño, sino MI HERMANO PEQUEÑO.