lunes 25 de julio de 2011

nocilla


Para Gabriela Cabezón a la que se echa de menos en Gijón.
A Cristina Fallarás, que está por llegar.
A Juan Ramón Biedma, el maestro que pronto estará aquí.





Rodilla en tierra, cabeza humillada ante Carlos V,
los Caballeros de Malta escriben de esta manera
el prefacio de una historia en la que el whisky
resbala por las calles de San Francisco.
            La sombra rubia de un problema
traspasa las horas huecas de una puerta con nombre propio:
SAM SPADE. La fría paciencia cae de esos labios masculinos
en forma de ceniza de tabaco negro.

                                                Wonderly se llama la duda de piernas interminables,
la mentira también… Wonderly como un intento de homicidio.

El papel algodón sobado y escaso que dormita en el bolsillo de su americana
quema esta necesidad de aceptar el caso.

                                                Jerome Cowan entra en un pub irlandés,
pide un southern comfort y el nombre de una desaparición femenina.
No hay mujer diferente. La que calla es la misma.
Se sabe maravillosamente estúpido, con las ganas de sentarse al piano
Y dejar que su dedo pulse el gatillo de su revolver.

                                                Sam Spade baja a la calle,
ladea su sombrero y fuma con parsimonia
ante la celeridad de la vida entre los coches
que blanden el mismo aire que ensucian. Los escalones son
la Némesis:
Kasper Gutman, Joel Cairo, Wilmer…
Estos mismos escalones tienen bajada directa a la muerte.
            Wonderly y el halcón
destinados a Carlos V ahora son propiedad negra.
            Unas manos fuertes teclean la historia
de un puñetazo en la mandíbula cerca de Ocean Beach.
            Ella le besa el hilo de sangre que le perfila en la penumbra;
él simula que no le importa lo más mínimo
su lengua suave sobre los dientes golpeados,
pero su cara de tipo duro rompe aquel rictus de haber perdido la fe.
Y tras el tiempo pasado en páginas numeradas por la Underwood de siempre,
el hombre que firma la contra
apura el último trago y observa a los niños correr
por las aceras despejadas.
            Después de mucho meditar, carga otra cuartilla,
se seca el sudor con el pañuelo perfectamente doblado
que presencia sus movimientos desde la mesa
y escribe las últimas palabras:
“Spade y Hammett habrán de morir bajo el Golden Gate”.

2 comentarios:

  1. Y si usted dice eso, maestro, yo ya he ganado todo lo del mundo. Qué ganas de que llegue.

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