(imagen sacada del blog: http://fmaesteban.blogspot.com)
Un golpe, dos, tres, así hasta mil quinientos cuarenta y siete golpes
los contó la Universidad de Michigan en uno de esos estudios que salvarán a la humanidad y que siempre se hacen en los Estados Unidos.
Los golpes no la fortalecen. Tampoco le gusta comer mierda, por más que digan...
Un cristal...
La imagen que hay tras este es la de una mujer que teje,
tiene el ordenador encendido, otro cristal.
La mujer fija su atención en el estado de sus amigos (nunca les vio antes, nunca les ha visto realmente)
y cuenta: un golpe, dos, tres, solo veintisiete golpes esta vez y contados por ella misma.
Tiembla a lo lejos el suelo de algún lugar desconocido
donde sus habitantes son los restos de una historia antigua
y sucumben ante tanta desidia de rutina.
Un edificio de cristal.
La mosca revolotea alrededor de las plantas dieciséis y diecinueve. No quiere subir más, no quiere seguir dando vueltas sin rumbo.
Lleva la cabeza abierta de estrellarse contra las ventanas y le sangra la esperanza por la comisura de los labios.
Recuerda cuando era una larva y miraba a su madre suplicándole que le enseñara a volar
porque jamás imaginó que las alas pudieran pesarle tanto.
La mosca ahora cuenta cristales porque se ha metido a limpia-ventanas,
la crisis nos llegó a todos.
Arremolinarse contra el aire, eso es lo que más le gusta, eso es lo que disfruta cada día,
volar contra el viento.
"Un día te vas a matar", le dijo su madre en conferencia telefónica.
Ella lo sabe...
Entiende el peligro de haber salido de la esfera de todas las moscas,
de no haber seguido al grupo cuando el grupo le indicaba con bailes en ocho qué debía pensar en cada momento,
pero no puede remediar jugarse la vida.
Antes, cuando era una mosca como todas, era tan infeliz...
Supo que Machado le escribía y quiso visitarle.
Sentado, bebiendo un orujo en su silla de nea, Antonio le abre las puertas de su casa,
le indica cada una de las ventanas para que no se golpee contra ellas, Machado sabe cuánto cuesta recuperarse de un golpe duro, ha visto en los ojos de su madre que morirá de frío.
Aquella mañana la mosca y Machado beben hasta caer rendidos,
se han contado todo el dolor que les llena la boca y han decidido verse más a menudo.
Luego, no. Luego la guerra y el exilio.
Las moscas lo vivieron de otra forma,
para ellas la sangre eran baños en los que retozar con hembras moscas venidas de todas las partes del vertedero.
"La muerte es un buen condimento de la vida", piensa el jefe de las moscas.
Por eso se fue ella. No soportaba el hedor siempre de la defenestración.
Ayer le dijeron que su mujer esperaba un niño. Y ella quiso salir a celebrarlo como se celebran estas cosas, llevándola a bailar, dándole buen vino y una cena romántica a la luz de la luna que se reflejaba en el fondo de una botella verde.
Su mujer está preciosa cuando sonríe, su mujer es la mosca reina de su celda, su mujer vate las alas cuando le busca en la noche y, aun estando cansada le hace el amor, como se hace el pan de siempre.
"Habremos de vivir sin gastos, mi vida", le dice la mujer con la voz dulce que ella acuna (ese sí es el mejor manjar...).
La mosca sonríe, la mosca tiene ganas de gritarlo al viento, pero recuerda que vuela contra él y siempre acaba por abofetearle con sus palabras.
Un cristal.
Un golpe, dos, tres, así hasta quinientos. La mosca se ha vuelto más cuidadosa.
Ahora sabe que no está sola en el mundo y que los golpes recibidos la hacen parecer idiota.

Qué asco, cada vez escribe Usted mejor.
ResponderSuprimir(Conste que en post anteriores no he comentado porque no cabían comentarios, pero que, evidentemente, los he leído).
Eso sí: errata al canto. A no ses que la mosca bata las alas como una loca. En ese caso, supongo que se admite el retruécano crucigramístico de decir que la mosca vate las alas.
¿A no ses?
ResponderSuprimirDigamos que pone "a no ser", ande.