Dicen que no hay daño que no te haga crecer; que quien bien te quiere te hará llora; que el sol siempre sale al día siguiente; dicen que el tiempo todo lo cura; que no hay mal que cien años dure (...) ni cuerpo que lo resista.
Digo: que los daños menguan la fe; que solo a quien bien quieres te hará llorar; que, a veces, la mañana amanece nublada; que el tiempo me va haciendo mayor y va marcando cicatrices; que no hay cien años de soledad, ni cuerpo que lo aguante.
A ratos hay que mirar a otro lado, hay que tomar aire y pensar que el mundo es mucho más que las caderas que aquel día salieron por la puerta o nos acompañaron hasta ella. Terminando de beberme el mar me vuelvo a convertir en rana y salto de charco en charco, mientras un tipo vestido de azul me persigue por el lodo (un pitufo con la rabia que espumea por las fosas nasales).
Porque sé dónde estoy hoy, pero nadie puede decirme qué vamos a hacer mañana y mi almohada me ama cada día más. Porque sé de dónde vienen las ganas y te aseguro que nada tiene que ver con lo eterno.
Ayer llamé a Caperucita para que me contara lo suyo con el Lobo Feroz, me puse el bikini y salí a matar. Tomé entre los dedos tu pelo y escribí sobre la piel de cien infantes mayores de edad. Ayer que Caperucita me confesó que el Lobo era impotente, escribí una nota para pedirte un baile más.
"Madrid", me dijo, "sigue lloviendo a través del metro y te echo de menos".
Comprendí que los vestidos siempre dejan pasar el frío si no se hacen con la saliva que escuece si te roza la herida, que tus piernas me enredarán el día que menos lo espere y será entonces cuando el miedo pase factura.
"Madrid, mi vida", le dije, "nos huye por los salones de las familias bien y yo pretendo hacerte perder la cabeza."
Sin desesperar nos ponemos el traje de los domingos y tomamos el último trago con Cristo y sus amantes, llenamos el vaso de ginebra y nos sentamos a ver amanecer.
"No te vayas", dijo ella.
Escribí la nota definitiva porque también yo puedo tomar decisiones, aunque sea a destiempo:
Desde que ya no preguntas por mi nombre el mundo se ha dilatado en las tristezas que otros van contando por ahí. Yo no voy a hacerte culpable, no voy a pensar que eres la Caja de Pandora, ni siquiera voy a sentirte extraña cuando vuelvas a llamarme...No debes preocuparte de cerrar la puerta. Me gusta ver llover a través de la ranura que ha quedado a medio hacer.
Será en septiembre cuando vuelva, será cuando las cartas que ahora están marcadas se descuelguen por las paredes de mi tiempo y me diga la verdad. Ahora, déjame caer en lo que ya sé, en lo que ya me temo (ira contra mis fotos que se quedaron en un cajón guardadas), en lo que bebo y olvido, en lo que me invento mientras voy dejándome pasar.
Caperucita me volvió a llamar. Le he dado la dirección de tu blog para que me dicte las palabras que debo grabar en el cabecero de mi cama.
Tampoco es para tanto.
Al final, la historia la escribo yo.
(Imagen sacada de http://www.pequeocio.com/cuentos-populares-infantiles-caperucita-roja/)
Como dijo una vez el primo Nán, salgo corriendo a comprarme un sombrero.
ResponderSuprimirCuando lo tenga, me lo quitaré ante Usted.
Gracias, don Micro.
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